Actores en Movimiento: pasajeros que se convierten en espectadores bajo tierra

Artistas hacen interpretaciones en el subte, de forma espontánea, entre la sorpresa y la empatía.

Subte E. Estación Boedo. El vagón marcha lleno al centro en este mediodía de sábado. Las manos, aferradas a las barandas y los cuerpos bambolean en cada curva. No se ve cuánta gente baja o sube. En medio del hormigueo, dos figuras pintorescas hacen camino tímidas y empiezan un diálogo delirante, sin sentido, que cambia el clima incómodo del tren apretujado. La pantomima, el colorido de la ropa y lo extravagante de las intervenciones rápido dan certeza a los pasajeros de que no se trata de una pelea, un robo o un disturbio: ahora ellos son un público espontáneo de una obra que durará apenas unas cuantas estaciones y otras tantas sonrisas. Esta dupla intermitente es parte de Actores en Movimiento, un elenco con casi 50 personas que desde hace 17 años está activo en escenarios improvisados bajo tierra.

Dana Sofía interpreta a Celeste, una joven de acento ruso con gorro para la ocasión y sacón de peluche azul. De lado a lado del vagón inquiere a su pareja, Arturo (Wel Sampaio), de traje oscuro y gorra, en una rabieta de celos. El desarrollo de la obra breve incluye actuaciones de reparto del propio público (el que se anima, el que quiere). La obra transcurre en clave de humor y complicidad, no busca incomodar o entorpecer el viaje de ninguno. “Es entrar, actuar con un vestuario, con un cuerpo disponible. Lo importante es entender que es teatro y finalizar con un aplauso”, cuenta ella a este medio.

Esta dinámica del público espontáneo, la obra corta y la interacción se mantiene desde los orígenes de AEM. Recordarlos implica volver a la crisis del 2001. En ese entonces, Juan Pablo Pereira, fundador y actual director, inició con esta rama under (subterránea, literal y figurativamente) del teatro como un rebusque laboral. Con el tiempo, el proyecto despertó el interés de muchos artistas y se crearon varias escenas y situaciones para presentar en los vagones. Hoy lleva adelante este emprendimiento junto a Claudia Villaverde con grupos que entrenan en forma semanal en Flores (Comuna 7) y Villa Crespo (Comuna 15).

Hoy hay casi 50 personas que recorren los subtes porteños contando historias disparatadas y risueñas. “Tenemos otros números, hechos y en gestación. Nos presentamos en distintos festivales y encuentros también. El año pasado hicimos La casa de Bernarda Alba en Fundación TIDO (Castillo 460, Villa Crespo). También hicimos una obra propia llamada La familia Morris que es de terror. Es consecuencia del crecimiento, de la gente que se sigue sumando al elenco”, agrega Dana.

Villaverde analizó: “La experiencia de actuar en un medio de transporte, en este caso el subte, es única. Uno entra al vagón y se encuentra con gente que está viajando y no vino a ver un espectáculo, uno irrumpe en su vida y los pasajeros no tienen escapatoria hasta la próxima estación. Se vive con mucha adrenalina y las reacciones son muy diversas. Pero como experiencia actoral es única, la gente está por todos los frentes, la tenés al lado, sienten tu sudor, perciben tu miedo, incomparable con cualquier otro espacio donde uno pueda actuar”.

En la muestra de cierre de talleres 2017 se interpretaron distintas piezas como Monólogo de guerra de Matthieu Ricard, ¿Una foto? de Eduardo Rovner o La mala vida de Sáez Echevarría.

Juan Pablo Pereira dijo ante este medio: “La próxima fecha en teatros de la compañía es en julio. Es una obra para chicos que presentaremos para vacaciones de invierno. Es una obra que escribímos nosotros”.

La joven actriz destaca el respeto ante los pasajeros devenidos en público y ante los pasajeros que quieren seguir siendo pasajeros durante las estaciones de la obra. También resalta: “Hay respeto entre los que compartimos el espacio: trabajadores del subte, músicos, vendedores. En la empresa que maneja el subte nos conocen desde hace años y está todo bien”.

Para los miembros de Actores en Movimiento las victorias cotidianas de su arte están al ver sonrisas o miradas que dejan de lado el celular por un instante. Es haber convertido un espacio hostil como lo es el transporte público porteño en un terreno lúdico, con licencia para lo raro, exagerado y pintoresco.