Caravana y vigilia frente a los hoteles porteños: cómo esperan los fanáticos a sus ídolos musicales

En busca de fotos, autógrafos y anécdotas, cientos de personas esperan horas y horas. El compañerismo es clave, cuentan fans a Pura Ciudad.

En la Ciudad de Buenos Aires se suceden vigilias silenciosas en la puerta de los hoteles. Se trata de los fanáticos que buscan una foto, una firma o una anécdota con artistas que vienen desde lejos para dar conciertos en escenarios porteños.

Como un rito pagano con reglas propias, las jornadas son largas, pero la espera del ídolo se matiza con compañerismo y fervor.

“En redes sociales o en recitales vas conociendo gente que le gusta la misma banda. Cuando hay un recital se empiezan a pasar los datos del hotel donde van a parar, se empieza a organizar para estar en la puerta y esperar a los músicos”, cuenta a este medio Lisa Lain, colaboradora de Mad House Argentina, periodista, fanática de The Ramones.

Su primera experiencia fue a la espera de Richie Ramone, “la figurita difícil de la banda”, según Lain. “Vino en 1987 y luego suspendió shows, hizo algunos pocos en el interior”. Ella había hecho amistad en bares, como Cuarto Apóstol del centro, con ramoneros de todas las generaciones. Juntos se entusiasmaron cuando en 2016 Richie tocó en la Ciudad, en el Uniclub del Abasto.

El día anterior al concierto, los ramoneros porteños dieron con el hotel del músico: “Nos plantamos en la puerta. Cuando esperás a un músico podés estar horas y horas. Aparte hay hermetismo, la gente del hotel no le gusta que estén los fanáticos en la puerta”.

Sin embargo, la espera termina por valer la pena: “Cuando ves que la camioneta del músico se acerca te preparás para la emoción. Cuando ves que el tipo viene te tiemblan las manos, las piernas, palpitaciones. Cuando llega empieza el desastre, porque si bien sabés que se va a quedar a firmar y charlar, todos se le abalanzan”.

Luego viene una especie de tercer tiempo donde los fanáticos “comparten entre ellos el botín”: “Nos mostramos los discos firmados, las fotos, vemos de no haber perdido ni el celular ni la cámara ni nada. Es un lío del que te reponés de a poco”.

Robín Antonio es estudiante universitario, fanático del Power Metal y otros géneros pesados. Desde que estaba en la secundaria, hace ya más de 10 años, que incursionó en esta mística de aguardar por sus ídolos, que en su mayoría son de países recónditos.

Entre las tantas anécdotas que vivió, nos cuenta lo ocurrido con la banda sueca Amaranthe: “Ellos iban a tocar en la Ciudad y en Rosario. Fui a los dos conciertos con un amigo. En los dos casos fuimos a los hoteles a esperarlos. Resulta que la primera vez, en Rosario, hicimos tiempo en un café y los músicos estaban desayunando atrás nuestro. Nos sacamos fotos y pegamos buena onda”.

“Ya después del recital acá en Capital repetimos lo de ir al hotel y a la mañana siguiente estábamos unos cuántos fanáticos festejándole el cumpleaños a uno de los cantantes. Nos sacamos fotos y todos la pasamos bárbaro”.

Robin cuenta que hay bandas que vienen desde muy lejos y tienen acá públicos fieles y compañeros, que los van a buscar a los aeropuertos o que incluso van a cenar antes o después de los conciertos. Dice que al venir de otras culturas los sorprende este fervor, pero que a la vez los entusiasma a regresar.

Los españoles Héroes del Silencio se separaron y a las pocas semanas Natalia Miño los escuchó por primera vez. Dice que fue instantáneo. Pese a la mala racha de no haberlos visto en vivo, sus letras y su música resultan esenciales en su vida. Como una especie de revancha, se hizo fanática de la carrera solista que hizo luego su cantante Enrique Bunbury. Incluso llegó a ir a varios recitales en la Ciudad, como en Ferro Carril Oeste o en el Gran Rex.

A fines de marzo de 2016 Bunbury cantó en el Luna Park. Natalia además de verlo en vivo, con varios amigos que se hizo en el recital, fue hasta la puerta de un hotel en Palermo a la espera del español. Recuerda que se apostaron en la vereda a las ocho de la mañana.

En el hotel eran cautos y no daban ningún tipo de información, pero tampoco los echaron. Recuerda que había camionetas que iban y venían. Con otros compañeros se cambiaban información por redes sociales. Los rumores abundaban y ese día se tomaron taxis y fueron a varios galpones del barrio porque creían que eran salas de ensayo donde estaban los músicos.

Así estuvieron toda el día hasta que al atardecer se sentaron en la vereda del hotel. Pasadas las 10 de la noche frenó una camioneta negra de la cual descendió Bunbury con un marcador negro en la mano. Sus seguidores lo rodearon y empezaron a sacarse fotos, a charlar con él, a pedirle autógrafos o a hacerle obsequios.

Natalia estaba entre esa multitud. Era la primera vez que venía a Enrique tan de cerca: “Tenerlo enfrente fue como volver a traer al presente todos los momentos de la vida mía que fueron marcados por la música de él. Siempre me pareció que la música es un flujo de sentimientos entre el que crea y el que recibe el arte”, nos cuenta.

Lisa, Robin y Natalia son algunos de los testimonios de las cientos de personas que convierten el gusto por una banda en una aventura todoterreno por las calles de la Ciudad de Buenos Aires. Con fervor, entusiasmo y en buena compañía es que capean las interminables horas a la espera del mágico encuentro.