La pasión por el coleccionismo late en la Ciudad

En clubes o ferias al aire libre, los fanáticos se juntan y comparten experiencias. Abasto, Caballito, Flores y Saavedra son barrios con muchas historias al respecto.

Empieza con un soldadito de plástico, una revista antigua, autos de lata o aquello que haga cortocircuito en la mente: una imagen fantasmal de ese mismo objeto replicado tantas veces como sea posible. De ahí en más, como un juego de mesa, los casilleros se suceden uno tras otro hasta llenar el álbum, completar la colección. Aunque siempre falte “la figurita difícil”, en el mientras tanto se entrelazan historias con colegas, hay idas y venidas. La experiencia del rastreo, entre lo detectivesco y la bohemia, es el aura que late en las vitrinas de los coleccionistas.

Son varios los recovecos porteños donde sus vecinos hacen del coleccionismo no sólo un hobbie o “pasa-tiempo”, sino que lo incorporan como una forma de vida, un modo de hacer comunidad. En clubes, plazas y hasta en plena calle laten sus historias.

En Saavedra: pintores sobre ruedas

En la Asociación de Fomento y Cultura Villa Cerini, institución con 88 años de vida en Saavedra, funciona el Círculo Argentino de Modelismo (CAM). Se fundó en 1981 y desde 2009 tiene sede en el club de barrio. Los sábados desde las 10 de la mañana sus miembros se reúnen para armar figuras y dictar talleres.
En el mundo del modelismo hay variedad. Están quienes gustan de armar tanques, barcos, aviones y armamentos bélicos como cañones y lanzamisiles. También están los dioramas, tipo de maqueta que muestra figuras humanas, vehículos, que también pueden ser paisajes o representaciones de entornos. Otros optan por representar escenas de luchas o guerras.
En la sala principal hay una mesa larga donde los socios del CAM arman sus figuras. “Esta es una actividad solitaria, por eso es bueno juntarse, compartir conocimiento, disfrutar de una pasión común”, dice uno de los integrantes. Si bien el promedio de edad está en los treinta y muchos, el objetivo de los cursos y torneos es fomentar el amor por este hobbie “a nuevas generaciones”.

Una de las historias más interesantes del CAM es la de Carlos, una persona no vidente que asiste a los talleres con su hijo, quien luego monta las figuras para que su padre pueda palpar el trabajo terminado. “Es conmovedora e intensa la historia por el vínculo padre-hijo, y también por el hecho de pensar las sensaciones de Carlos al tocar las figuras”, coinciden los socios.

“Para todo esto tenés que tener una gran pasión por la historia, es un punto en común que nos une. Cuando montás una maqueta investigás sobre el hecho ocurrido. Es una forma entretenida”, estima otro de los integrantes del CAM.

Uno de los orgullos del club Cerini y del CAM es la biblioteca especializada en modelismo. Alejandra es socia y estudia bibliotecología, ordenó libros y revistas donadas por colegas. Hay más de dos mil ejemplares en papel. Con un programa que utiliza palabras calve, creó una biblioteca digital con más de 17 mil libros, revistas y manuales virtuales. “Es un trabajo a pulmón pero da satisfacción poder ordenar y ser una gran fuente de información”, asegura.

Con la idea de fomentar la actividad, hacen concursos de modelismo. Participan entidades colegas de Ciudad, Interior y hasta del exterior. “Se evalúa la obra, cómo quedó, su impacto visual, los jurados buscan también destacar las fortalezas de cada participante”, dice Alejandra.

feria ciruja

En Abasto: pasión por ahorrar

Las escaleras del ex Mercado Proveedor y las redes sociales tienen una relación intensa: de los tiempos de floggers y demás “tribus urbanas” de la década pasada hasta el presente, donde decenas de coleccionistas se reúnen una vez por semana para comprar y vender figuras de acción al mejor precio.

La dinámica de por sí es pintoresca. Por caso, los viernes a media tarde miembros de la “Feria Ciruja”, grupo en Facebook más de cuatro mil adherentes, se juntan en las escaleras de la calle Ancohrena, que dan al pasaje Gardel. Con más de un año de vida, sus participantes mechan coleccionismo, camaradería y un culto del segunda mano que contagia a grandes y chicos.

Con un aire a mercado de pulgas y feria efímera de variedades, algunos integrantes ondean carteles con su nombre de usuario o User. Unos lo llevan en la mano, otros apelan a la practicidad y se lo pegan en el pecho, mientras repiten su apodo en voz alta y arengan con sus bolsos para encontrar a sus respectivos compradores. Durante gran rato son atracción de taxistas y automovilistas que surcan con lentitud sobre Anchorena, por no mencionar a los ya clásicos turistas, compradores del shopping y vecinos de Abasto.
“El acuerdo inicia en Facebook: uno sube la foto de un producto y en los comentarios el que quiere llevárselo tiene que escribir “Mío”; otros te hacen ofertas, regateo. Luego se concreta la compra o intercambio acá”, explica un miembro de la Feria. “Es que así conseguís figuras a un precio por debajo de lo que piden las comiquerías o páginas de compraventa; para los que coleccionamos es una gran ayuda para dar con modelos difíciles, discontinuados”, agrega.

Si uno se detiene a ver con detenimiento, asoman los tesoros que convocan a los adherentes de la Feria Ciruja, el variopinto de esta propuesta: una persona con un caballito de “Mi pequeño Pony” sin cabeza, pero de tamaño familiar; un joven pelilargo inspeccionando con ánimo quirúrgico un Godzilla sin brazos; una chica otaku con un diorama gigante (son como escenarios decorados para montar muñecos, ejemplo un ring para poner figuras de boxeadores); combos de muñecos rescatados del polvo acumulado de la década del noventa; y muchos otros más.

Este rito, cuentan sus hacedores, se repite los viernes a la tarde en las escalinatas del Abasto. Además, cada mes se reúnen en el teatro de Gascón 104. Este sitio es espacioso y los encuentros mensuales conllevan la misma dinámica de Abasto. Al ser tan grande muchos integrantes de la Feria tiran mantas en los pisos del lugar. Además de encontrarse con sus clientes, venden otros objetos de colección.

La experiencia de buscarse entre la multitud en los recovecos de Gascón 104 lleva una pequeña pizca de juego: no sabés en qué momento te vas a encontrar, si vos a la persona con la que quedaste o ella a vos. Esa pizca lúdica es un buen entre para quienes se suman por primera vez. Uno adivina al ver las charlas entre colegas que luego la dinámica vira en camaradería o incluso amistad tras tantas ferias vividas.

Una vez terminadas las reuniones, semanales o mensuales, muchos usuarios suben fotos de su “botín”. Ese es el espacio de festejo y agradecimiento por una nueva jornada. Hay chistes entre usuarios y un clima ameno.

feria caballito sitio moneda nacional

En Caballito: a la sombra de un ombú

En el Parque Rivadavia, uno de los grandes pulmones de la Comuna 6, los vecinos y seguidores del hobby se ven las caras los fines de semana en el playón sureste, sobre la calle Rosario. El encuentro, algunos le dicen Feria El Ombú o Feria de Coleccionistas del Parque, sirve para intercambiar figuritas, muñecos y todo tipo de objetos.
El clima familiar reúne a padres e hijos, novatos y experimentados. La distención del fin de semana da lugar a paseos tranquilos, a revolver puestos con pericia; en definitiva, a tomarse con calma el paciente arte de coleccionar.

“Estamos hace 12 años ahí. Casi lo fundamos. Es una feria que abarca coleccionismo de juguetes, memorabilia, y más. Es una feria dominical que va de 10 a 16 horas”, indica Gabriel Spak, uno de los habitúes de la primera hora, quien oferta sus mini granaderos a caballo o autitos de metal.

“Hay de todo: por ejemplo coleccionistas de Star Wars, que se juntan acá cada dos meses. Yo me dedico al ferromodelismo, los autos MatchBox. También hay gente que junta figuras de cine y televisión nacional. cada uno es referente en su foco, gente que sabe mucho de muchas cosas. Muchos mediáticos van a buscar cosas. Es una especie de patio cultural”, agrega.

“Yo empecé coleccionando autos MatchBox —explica sobre sus vivencias—. Me agarró el ataque hace veinte años. De chico iba a la costa. En una juguetería de toda la vida vi un auto. Ahí empezó.

Le compré todos los autos. Me gasté toda la plata de las vacaciones. Mi entonces novia me quería matar. Ahí empecé a incursionar en el circuito. Era una época analógica. Era todo boca en boca. Gente haciendo contactos. Hoy tenés la vía digital. Mucha más gente se sumó al coleccionismo”.

Flores: una pasión que terminó en museo

La historia del erotismo en la ciudad y el país es “riquísima y particular”. Va desde lo trágico, como los casos de trata de personas, hasta lo pintoresco y extravagante como las expresiones de cultura popular, entre ellas la Coca Sarli. Son las distintas caras que pintan al Museo Erótico de la Ciudad de Buenos Aires, fundado por el coleccionista y vecino del barrio de Flores, Eduardo Orenstein.

Indagar en estas piezas es ver por el cristal de la sociedad argentina y comprender cómo vive y ha vivido su sexualidad. Así queda expuesto en el caserón de la calle Bacacay, donde está el inventario del Museo. En la actualidad no está abierto al público. Su fundador espera materializar el proyecto y abrir una sede para compartir esta colección con vecinos, turistas y curiosos.

En el mientras tanto, los interesados pueden visitar su página web donde hay un pequeño adelanto de la impronta y el material recolectado. “No quiero que el proyecto muera en un sitio digital, por eso está lo básico”, aclara.

Del mismo modo, la búsqueda continúa y robustece este espacio donde están expuestas “las múltiples expresiones de lo sexual y la sensibilidad erótica en una unidad de concepto”. “Es una colección privada, me interesaron los límites del hombre, lo no oficial, la historia de la cultura sexual en el Río de la Plata”, define Orenstein sobre las motivaciones que iniciaron el proyecto que va del fetichismo y la etnografía hasta diseños de máquinas de sexo y fotogalerías antiguas.

“Apreciar el erotismo es una tarea intelectual, un mecanismo cultural. Como fue tan prohibido y lo sigue siendo, entiendo que a través del erotismo uno puede entrar en una dimensión de lo humano desconocida, hasta mágica. Se trata de cuestiones más allá del psicoanálisis”, define como el referente del Museo como uno de los puntos fuertes de este proyecto.

Sobresale el énfasis puesto al “erotismo dominguero y popular”: “Productos marginales donde a fantasía de los consumidores superaba los afanes industriales”. Por caso, Orenstein en el caserón de Bacacay montó una pequeña vitrina con varios elementos de este tópico: muñequitas de plástico, esculturas bizarras, figuras de acción intervenidas, sátiras y parodias eróticas de personajes de historieta y cine que se vendía como hojas sueltas.

“Muchos artistas anónimos, sólo se expresaron para exorcizar estos fantasmas, casos en los que el Arte, más claramente se manifiesta como una actividad necesaria, casi involuntaria, como una polución”, se interesa al respecto fundador del Museo sobre lo que da en llamar “arte bruto”, manifestaciones de individuos sin escuela que no obstante dan lugar “al misterio de la creación”.

En cuanto al futuro del museo, Orenstein dice que seguirá en la búsqueda de documentos, información y todo aquello que refiera al erotismo y pornografía criolla. “Ojalá que alguien lea esta nota y se interese en apoyar el proyecto para abrir las puertas al público”, concluye. Así, se podrá disfrutar de este Mueso Erótico en todo su esplendor, una forma novedosa de poner luz sobre aspectos poco visibles en la cultura y el arte del pueblo argentino.

En cada una de estas historias queda expuesto que el placer de atesorar rarezas vira hacia una forma de vida, una forma de pasar tardes, de organizarse, de festejar el encuentro con semejantes. Más que el por qué, importa el cómo se colecciona, cómo se disfruta la experiencia del rastreo: entre lo detectivesco y la bohemia.

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