Los ajedrecistas del Parque Lezama: “Un cable a tierra que fomentamos hace décadas”

Las tardes de San Telmo entremezclan camaradería y pasión por el deporte más cerebral.

“¿Me querés explicar qué quise hacer?”, se reprocha Víctor, cual Gastón Gaudio, al ver que en una sola jugada perdió una Torre y regaló un Alfil. En frente, su contrincante ni festeja ni responde. En silencio mueve su Reina y la partida continúa hasta volver a empezar, una y varias veces, en este tablero de cartón, pintado con marcador negro, en una mesa de concreto en un rincón del Parque Lezama (San Telmo, Comuna 1). Ellos están rodeados por otros jugadores, en otras mesas, donde todas las tardes se disputan partidas de ajedrez, damas y dados.

“Es un cable a tierra que muchos cultivamos hace décadas. Es un momento en que no pensás en los problemas que cada uno tiene. Venís, jugás, la pasás bien”, dice Hugo, de cuarentitantos, mientras acomoda las fichas blanquinegras de las damas para una partida con Sebastián, un veinteañero que vive a unas cuadras y hace poco empezó a venir: “Hace como cinco años que no juego y me encanta hacerme una escapada para tomar aire y compartir un rato con los muchachos”.

Todas las tardes, en especial los fines de semana, estos amantes del ajedrez, una mayoría hombres adultos y adultos mayores, llenan las mesas que hay frente al anfiteatro, sobre Brasil, casi Paseo Colón.

“Acá somos amigos del Parque. Si uno de los que viene siempre deja de venir, es probable que nadie pregunte. Acá compartirnos y disfrutamos, pero después cada uno tiene su vida”, dice Víctor. Aunque si uno para la oreja, es posible escuchar consejos de familia, pareja, trabajo. “Yo si fuera vos”, “Me parece que”. Es una camaradería de baja intensidad que bien puede aplicarse a la barra de un bar o un picado de entresemana.

Víctor, Hugo, Sebastián son los nombres y las caras del presente, pero décadas atrás hubo otros que empezaron esta tradición, una de las tantas que dan vida y mística al Parque Lezama.

Anatoly es moldavo, pero los compañeros de ajedrez le dicen “el ruso”. Él y su primo ucraniano son el agua y el aceite.

Mientras uno recorre las mesas con un botinero al hombro, silencioso y taciturno, Anatoly parece un Luca Prodan ajedrecista: peinando canas, es vivaz, a los gritos da consejos para ganar las partidas y muestra en su teléfono celular videos de la granja familiar regada en nieve, allá al otro lado del planeta. “Yo amo venir al Parque Zama”, dice risueño.

“Son como un matrimonio que no se soportan, pero no se dejan ir”, bromean sobre los primos de la Europa Oriental.

Si uno repasa en el archivo, parece que este rincón del Parque está destinado al ajedrez. Hace una década, los fines de semana los vecinos podían disfrutar del espectáculo “Ajedrez Viviente Tanguero”.

Los músicos Pablo Agri y José Colángelo jugaban una partida en el que intervenían 32 bailarines sobre un tablero gigante de 10 metros por 10.

Con los gritos de Anatoly de fondo, Víctor rearma la partida en el tablero de cartón porque es temprano y a la tarde le quedan muchas partidas: “Así somos felices nosotros, ya ni sabemos si nosotros encontramos al Parque o el Parque nos encontró a nosotros”.