Los chinos, entre el hartazgo y la resignación por quienes beben frente al super

La escena se repite a toda hora del día en los distintos barrios porteños.

La escena se repite a toda hora del día en los distintos barrios porteños.

“¡Cómo no me vas a fiar el envase, yo vengo siempre acá! China, ya te vas a acordar de mí”, grita un joven que se bambolea en el umbral de un mercado chino sobre avenida Boedo. Grita, levanta la mano y amaga con seguir la amenaza, pero se retira en silencio. Callados también permanecen todos en el súper: la cajera que mira ya sin asombro, unas cuantas señoras que se acurrucan de la bronca y el medio, los verduleros fríos sin saber qué hacer. La pausa se quiebra con ruido a vidrio: a pasos del ingreso al comercio el joven rompió un envase de cerveza. Unas risitas vagas acompañan. Picardía, revancha, broma. Todo eso junto.

Sobre la vereda se escucha el grito de una mujer, desde el umbral se ven unas señas y ahora el protagonismo de la escena lo toman dos uniformados que con una marcha cansina encaran hacia el grupo de jóvenes encabezados por el indignado del envase. Como si fuera una performance, una coreografía hacha hasta el hartazgo y sabida de memoria, el policía ondea las manos, los jóvenes (y no tanto) se dispersan por caminos distintos. El silencio vuelve una vez más; los clinentes del súper respiran (solo un poco).

Entre las mujeres que iban por la ración de verdura para la cena comentan un poco entre chisme un poco con alarma que siempre lo mismo ahí, que en la casa de al lado del mercado siempre hay mala junta, que ya a cierta hora la puerta del chino parece un bar, y un largo etcétera de reflexiones que se orienta a “el barrio está cada vez peor”.

La charla de estas mujeres en Boedo bien se puede calcar en los tantos otros mercados de toda Capital. Que por comodidad, que para no pagar el envase, que para no irse lejos y a la vuelta encontrar el mercado cerrado. Las causas son cientas, pero el resultado el mismo: los supermercadistas chinos están hartos que les usen el frente de sus negocios como barra de bebidas.

Aún así, y esta es la parte que alarma, tal como hizo la joven en la caja que miraba ya sin asombro, muchos comerciantes orientales optan por no subir el tono de las discusiones. Temen generar situaciones donde ellos mismos sean los perjudicados.