Torre Saint: el homenaje del Ricardo Fort del siglo 20 a las momias egipcias

Casi un siglo atrás, se inauguraba en Once un edificio diseñado para celebrar el sarcófago de Tutankamón. Emilio Saint, heredero de la empresa Chocolates Águila, encomendó a un arquitecto francés este desafío arquitectónico que aún se puede disfrutar en Perón al 2600.

Había pasado el julepe de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El adiós a las armas dio lugar a los locos años veinte. La humanidad todavía rengueaba la posguerra, cuando se conmovió ante las noticias que llegaban desde Egipto. La loca excursión de investigadores, arqueólogos y lugareños empezaba a dar sus frutos, que emergían de pirámides, desiertos y dunas.

El rostro dorado, joven, eterno, imperturbable en el sarcófago de Tutankamón, hallado por Howard Carte en 1922, sintetiza todos los descubrimientos de aquella época. En medio de corrientes filosóficas como el positivismo y el auge del psicoanálisis, el ser humano daba un vistazo profundo a sus raíces culturales.

La posterior muerte de los expedicionarios que trajeron a Tutankamón al siglo XX, alimentó más el mito que la certeza sobre el viejo Egipto. Las historias de momias, reencarnaciones y juramentos milenarios explotaron en periódicos, radioteatros y en la incipiente industria del cine. Al Río de la Plata llegaron estas noticias en medio de la transición política que en 1922 pasaba el mando presidencial de Hipólito Yrigoyen (1852-1933), ex comisario de Balvanera, a Marcelo Torcuato de Alvear (1868-1942).

Uno de los referentes culturales más destacados que en aquel entonces asimiló las novedades de faraones y sarcófagos fue Leopoldo Lugones (1874-1938), quien escribió y publicó varios relatos alusivos. Uno de los más conocidos fue “El vaso de alabastro”, aparecido en agosto de 1923 en el diario La Nación.

En medio de esta movediza fantasía que asolaba la vida cultural de occidente, el arquitecto francés Robert Charles Tiphaine recorría las calles porteñas con su valija llena de planos e influencia parisina para levantar edificios porteños. A tres años de la maldición de Tutankamón, se sentó a hablar de negocios frente a Emilio Saint, empresario heredero junto a sus hermanos de la firma de chocolates Águila, creada en 1880 con un local en el centro porteño administrado por su padre, Abel Saint, inmigrante de origen francés.

Emilio Saint, vecino de Balvanera, le encomendó a Tiphaine levantar un edificio imponente, un fuera de serie en Perón 2622 (entonces se llamaba Cangallo), casi esquina Paso. El francés aceptó el reto del chocolatero con todo gusto. Los tres años posteriores un pelotón de obreros e ingenieros copó el barrio. La constructora Galli y Cía. levantó esta estructura de hormigón armado en la parcela de Once (19 metros de ancho sobre Perón y más de 50 de profundidad en paralelo a Paso) con supervisión del ingeniero Ítalo Galli.

El resultado final fue una torre sin igual. Desde los puentes peatonales ubicados en el límite entre Almagro y Balvanera (calles Bustamante, Billinghurst, Mario Bravo) se puede ver esta arquitectura en lo alto del cielo del Once.

De cerca, apabulla de la Torre Saint su portón negro, sobre Perón, rodeado por columnas que se abren en lo alto con detalles en balcones, rodeados por columnas o pilastras con diseño egipcio (capiteles que emulan palmeras).

Según descripciones arquitectónicas, expuestas por Germinal Nogués en “Buenos Aires, Ciudad Secreta”, la edificación tiene dos torres gemelas con cúpulas de tejas de bronce, que en la actualidad se han oxidado tomando un tono verdoso. La ornamentación de la fachada y los remates es ecléctica, sin embargo se ha encuadrado a este edificio dentro del art decó, aunque se trata de un diseño previo al estallido de esta corriente en París. Las columnas que decoran el pasillo central de la Torre Saint tienen influencia egipcia, donde queda de manifiesto el espíritu de la época en que fueron proyectadas.

Por desgracia, en el presente la torre izquierda (si se mira desde la estación Once) está dañada y sin varias partes del coronamiento. La derecha, en tanto, luce el paso del tiempo con color verde sobre el bronce. No obstante, a 87 años del comienzo de este homenaje al sacudón cultural de los descubrimientos egipcios, los detalles en la ornamentación sobre los muros continúan nítidos. De entre las edificaciones linderas aún emerge la elegancia de aquellos locos años veinte.

Según el blog Arquitectos-Franceses-Argentina, el galo Tiphaine más tarde volvió a hacer de las suyas en la Comuna 3 y alrededores. Por caso, estuvo al frente de las obras en el Colegio Euskal Echea (Sarandí 735), Foyer Francaise (Córdoba 3770) y Casa de Renta (Perón y Larrea). En Recoleta y Retiro también hay varios edificios aún en pie que nos hablan de su legado.

En cuanto a la torre egipcia de Balvanera, en la actualidad está protegida por la “Ley Anchorena” (N° 3056) que resguarda edificaciones anteriores a 1941. Del mismo modo, según reza la Secretaría de Planeamiento Urbano a través de su Área de Protección Histórica (APH) cuenta con catalogación “Singular” y resguardo “Cautelar”. El gobierno de este modo “protege la imagen característica del área previniendo actuaciones contradictorias en el tejido y la morfología”.

Las historias de las momias, los vueltos a la vida por juramentos milenarios y demás fantasías van a continuar vivos en la imaginación y la literatura. Asimismo, el espíritu que alimentó esos relatos prevalece en la Torre Saint, escondida entre los edificios de Balvanera. Como un sarcófago, aguarda por el desprevenido peatón que ose descubrirla.